La cima de la montaña no podía estar más fría, llena de nieve y el viento soplando sobre los pinos, acariciándole suavemente el viento, él espera. Está ahí, esperando a la noche, esperando a la luna. Sentado, con la mirada hacia arriba, sentado con la mirada llena de esperanza.
El sol en su ida, se consume en el horizonte. Un destello naranja ilumina los ojos del lobo, El último rayo de calor desvanece, desaparece a lo alto de la montaña. Se va oscureciendo y las estrellas comienzan a surgir en el cielo, la oscuridad se apodera de una pequeña parte del cielo. Ahora no hay más que la luna y unas pocas estrellas haciéndole compañía. Moviendo su cola de un lado a otro, coge aire, cierra los ojos y aúlla. La luna está enorme, radiante, ilumina todo aquello que la oscuridad en algún momento escondió. El lobo jadea, su corazón se acelera, y vuelve a aullar.
Enamorado locamente de la luna deja caer un pequeño llanto, tal belleza no puede ser contemplada por tanto tiempo, así que, agacha la mirada, deja caer su cuerpo en la fría nieve que cayó esta mañana, cierra los ojos y duerme.